Memorias de Julián Garza (borrador)

Unas páginas de un primer borrador de Diez mil millas de música norteña: memorias de Julián Garza, la biografía  que Guillermo Hernández escribió de Julián.  Habla de cómo inicio su carrera. Al final hubo cambios en el libro así que éste es un documento (con errores tipográficos) un tanto distinto de lo que se publicó.

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En cuanto a mi niñez, pues hombre, yo no sé de dónde me nació la afición al corrido, pero recuerdo vagamente que el primero que escuché se llama El veinticuatro de junio. Fue en las feriecitas que hacían allá en la hacienda El Porvenir, donde yo nací. Debo haber tenido unos cuatro años porque de cinco llegué a Guadalupe, Nuevo León. Lo recuerdo vagamente. Posteriormente, estando en Reynosa, en la fonda de una tía, estaba un norteamericano cenando, yo tenía doce años; fue el cuarenta y siete. Para mí era una novedad ver uno de ellos. En eso llegan Matilde y Miguel Los Cancioneros del Bajío y el gringo les pidió que cantaran Arturo Garza Treviño. Se lo cantaron tres veces, y me acuerdo que era un detalle curioso para mí estar viendo aquellos artistas tocar sus guitarras y cantar. Un detalle inolvidable. Yo digo que ahí surgió mi inquietud y afición por el corrido, al escuchar que lo cantaran tres veces.

Para nosotros el cambio de un rancho a un pueblo, donde hay más movimiento, fue muy atractivo. Cuando uno es niño el cambio es muy agradable. La música, que era mi defecto, me atraía. Nosotros jamás tuvimos radio en esas épocas, pero oíamos los de los vecinos. Nunca trabajé en el campo. En Guadalupe, cuando empecé a ir a la escuela, ya cantaba varias canciones: Al toque del alba, Vereda tropical y un vals que se llamaba María Elena. Son las que recuerdo. Mi madre era la única a la que le oía canciones en la casa. Que yo sepa mi padre nunca cantó. Sucedió algo raro con él, porque nunca lo vi silbar o entonar una canción. En cambio para bailar sí era bueno, muy alegre, y le gustaba mucho la música. Uno ve que todos, en un momento dado, silban o entonan una canción. Mi padre nunca lo hizo, no sé por qué motivo, pero mi madre sí entonaba canciones desde que yo era muy pequeñito. Poco antes de morir, mi madre dijo una cosa que hasta hace poco supe. Le pronosticó a mi mujer: “Julián va a escalar grandes alturas, no sé cuándo, pero lo va a lograr”.  Y pues eso me agradó, porque ella creía mucho en mí. Creyó que yo podría llegar. Cosa que no he logrado. Sinceramente, nunca le creí esas cosas.

Yo llegué de cinco años a Guadalupe. Me acuerdo que a veces mi padre me llevaba a que le ayudara. Entonces era albañil y renegaba conmigo porque yo, de repente, me hallaba un periódico y me ponía a leer y no oía nada. Me hablaba y me hablaba y yo no oía, estaba enreatado viendo lo que decía el papel. O me ponía a oír el beisbol en los radios vecinos, ahí donde estaban trabajando, y no escuchaba nada. No lo escuchaba a él, que me llamaba: “hey, hey”. Me gustaban los muñequitos, las tiras cómicas. Me acuerdo de las revistas de muñequitos y era todo mi querer esa. A grandes rasgos, esa es la niñez que pasé. En la escuela primaria no era malo, nada más que estudiaba y sucedía este fenómeno: que en determinado momento yo caía en cama. No porque no me gustara la escuela, no. No sé, no me acuerdo. Yo caía en la cama, postrado, enfermo, me daba como una alergia o algo así. Y tengo muy presente que el doctor le dijo a mi padre: “No lo dejes que vaya, ya nada pierde”. Me daba fiebre y él decía: “Se te muere el muchacho si lo dejas ir”. Yo estaba en tercer año de primaria, y ya no fui y me dediqué a vagar: ir a La Pastora, al cerro; me gustaba mucho la cacería, la pesca y una bola de aventuras cuando todavía aquí, en Guadalupe, era puro monte por todos sus alrededores.

Recién llegado a Guadalupe un primo hermano mío, Mauricio Arredondo, me invitó al cine, y resulta que él traía un veinte, era lo que cobraban por la entrada. Debe haber sido por el cuarenta o cuarenta y fracción. Me dijo: “Vamos al cine”.  La función la pasaban en el salón de actos de la Presidencia Municipal, ahí estaba el cine. Tuvimos problemas. No supe de qué manera se valió para que entráramos los dos. Yo sabía que no podíamos entrar los dos, él mismo me lo dijo: “El boleto vale veinte centavos, pero a ver cómo le hacemos”, algo así. Total, entramos al cine. La película que estaban exhibiendo era Tarzán, el indomable. Para mí era una impresión tremenda ver eso. Fue la primera vez que vi el cine. Era el único cine que había en esa época, después hubo dos o tres terrazas más en Guadalupe. Recuerdo que se rumoró en esa época que Pedro Infante andaba haciendo una película aquí en Nuevo León, y eso a mí me atraía. Yo quería buscarlo, pero sabrá Dios dónde harían esas tomas. Inclusive, creo que la iglesia de Guadalupe aparece en la película Cuando Lloran los Valientes, en la vida de Agapito Treviño Caballo Blanco.

Tenía yo unos dieciséis años cuando mi madre me regaló una guitarra de doce cuerdas. Para esa época ya habíamos tenido algunas guitarras. No recuerdo exactamente cuándo tuvimos la primera ni cómo se hizo de ella mi hermano Luis. Lo que sí tengo muy presente fue cuando mi madre me compró esa guitarra de doce cuerdas, y que aquí no se conocían. Ya tocábamos poquito Luis y yo con las que habíamos tenido. Siempre había una guitarra en la casa. Me acuerdo que había un vecino, Manuel, ahí donde vivíamos, enfrente de la Expo, de la Cruz Verde. Yo tenía unos quince, dieciséis años. No me acuerdo cómo se apellidaba ese muchacho. Tocaba la guitarra muy bien y me invitó, me vio tocando una ocasión y dijo: “Oye, ¿te gustaría enseñarte a tocar guitarra?, yo te enseño lo que sé”. No me acuerdo de qué manera me hice de una guitarra para ir a aprender con él, creo que a lo mejor me la robé. Entonces, me le pegué a Manuel todas las tardes, por decir una hora diaria, sería durante un mes o dos.

Nunca desarrollé gran cosa. Aprendí algo que me sirvió mucho durante todos estos años para componer mis corriditos. Con mi guitarra les pongo la melodía. Entonces, se fue Manuel, desapareció del barrio, no sé por qué motivos y yo quedé con aquella escuela que él me dio de los tonos mayores, de tocarlos en la guitarra. El sentido de la cuadratura no lo he tenido, de rimar sí; pero siempre he sido malo para el tiempo al interpretar una canción,  Me dejó esa escuela aquel hombre, y se la pasé a Luis mi hemano. Y Luis sí desarrolló mucho. Me acuerdo que a veces con aquella escuela que teníamos de tocar la guitarra, el día diez de mayo nos salíamos a dar serenatas. Creo que mi primo, el profesor Francisco Arre-dondo, tomó parte con nosotros en las serenatas del Día de las Madres. Eso se hizo costumbre, cada año se hacía una reunión de amigos, para de ahí irnos de casa en casa a dar serenatas a las madres de todos los compañeros. No faltaba la botella de vino y la cerveza. Y, ¡órale!, amanecíamos borrachos y esos detalles que nunca faltan. Entonces el ídolo de las multitudes era Pedro Infante, y todos tratábamos de imitarlo. Tratábamos de cantar como él. Me acuerdo que lo admirábamos y nunca tuvimos la oportunidad de conocerlo, siendo que muchas veces vino a Monterrey. No nos preocupábamos de ir al aeropuerto o ir adonde se presentaba o tal vez no teníamos la oportunidad de hacerlo, no sé. Total, nunca lo conocimos.

Yo siempre estaba al pendiente de toda la música norteña, compraba discos. Alcancé a comprar discos de Los Madrugadores, antes de que los quitaran, y de Los Alegres de Terán. Para mí, sinceramente, mis ídolos siempre fueron Los Alegres. Hace muchos años tenían todos los días un programa a las cinco de la tarde: “Arriba el norte”. No me acuerdo cómo se llamaba el patrocinador, creo que era Mueblería El Hogar. Llegó un momento que era un gran aficionado a Los Alegres de Terán. En la xeok pasaban el programa, tenían la costumbre de tocar discos sencillos, tocaban una canción y volteaban el disco. Entonces, yo oía una canción y les decía a mis amigos:

—Ahorita van a cantar esta otra.

—¿Cómo sabes tú?

—Espérate.

Pero yo sabía qué canción estaba por cada lado del disco sencillo. Tan aficionado así era, y de diez que cantaban yo adivinaba cinco porque nada más oía una, y como tenía la costumbre de oír el disco, entonces yo sabía la que seguía. Y quedaban asombrados.

Tan aficionado era yo a las canciones de Los Alegres. Me imagino que ya eran discos de cuarenta y cinco revoluciones, quiza eran de setenta y ocho todavía. Fue como en el cincuenta y cuatro o cincuenta y cinco. Una vez, estaba yo borracho en la cantina y un tipo me bajó doce veces Los ojos de Pancha. Si le picas se atora la rocola y baja el disco, pero no lo toca. Yo la echaba y el tipo la bajaba. Yo estaba borracho y del madrazo que le di el tipo casi pasó por debajo de la mesa de billar, deslizándose por el piso.

Trabajé varios años en el gas, en una compañía, la toma Santa Corina, Villa de García, San Pedro Garza García, todos esos lugares eran la zona donde yo iba a repartir gas. Tengo muy presente un corrido que le compuse a Cuco el gordo, mi jefe de las máquinas de perforación. Le compuse el corrido en broma, es ficticio, no era nada de real, todo era exagerado con música y luego se lo cantábamos en las pachangas.

Cuco Aguirre se llamaba:

hombre de mucho valor;                                         .

hasta la tierra temblaba

andando de mal humor,

pues donde quiera que andaba

causaba miedo, terror.

Creo que fue de los primeros, pero ya hace muchos años de eso. Era, me acuerdo que una vez, improvisando, cuando, pero ya fue mucho después, parodiando a Gabino Barreda, empecé a cantar

Gabino Barretas no tendría rastrojo

andando en la nopalera.

Cargaba cuchillo con dos tenedores,

pa’ la botana era fiera.

Por ahí va, por ahí va, y detalles de ésos, que nos reíamos ¿no? Si me proponía a hacer algo lo hacía pronto, rápido, tenía facilidad para trabar los versos y la melodía, pues con la guitarrita se los buscaba. Siempre busqué hacer melodías originales, les gustaban y me pedían más. Tengo un compadre que se llama Homero González, que tiene una memoria de elefante; cuando yo trabajaba en Gas Ideal compuse algunas calaveras. Hace poco mi compadre Homero me empezó a declamar unas que compuse cuando trabajaba repartiendo gas butano. Una calavera decía:

Te fuiste de nosotros, Juan:

para los tanques eras fiera;

lo que tenías de chaparro

lo tenías de vinatero,

y amanecías en El Pozo

bailando polka y bolero.

Aquí El Pozo era la zona de tolerancia, los tanques eran los tanques de gas butano, y era Juan chaparrito, chiquito. Nunca tuve la precaución de guardar esas cosas. He grabado cincuenta elepés y no tengo ni uno.

Juan Antonio Treviño, un compañero que era supervisor en una compañía norteamericana que se llama Union Carbide, donde yo trabajaba, viendo la facilidad que tenía yo para trovar los corridos, así, en forma chusca hacia los compañeros, me dice: “Oye, escribe algo en serio”. Le dije: “No hombre, yo no tengo capacidad para eso, yo tengo capacidad para hacer un corrido, pero en broma”. Y él me insistía, decía:

—Tienes talento hombre, haz una cosa en serio, buscando una forma comercial para que grabes algo. Yo tengo veinte años de ser compositor o más, me han grabado unas dos o tres, pero soy romántico, y tú tienes talento, puedes hacerlo.

Tanto me insiste Juan, hasta que digo: “Pues, chingado, tiene razón este pelado, a lo mejor puedo componer algo”. Juan, otro día, me trae una grabadora, yo no las conocía, me enseñó su funcionamiento y me dio un casete en blanco.

Dijo: “Llévatela a tu casa, compón algo, lo grabas y me lo traes, para decirte si está bien o está mal, pero yo sé que vas a hacer cosas buenas”.

Me fui, la llevé a la casa y me encerré a escribir, y en el transcurso de una semana compuse cinco corridos: Pistoleros famosos, Las tres tumbas, Jesús Pata de Palo, Luis Aguirre y no me acuerdo cuál era el otro. Le hablo a Luis, le digo que hice unas cosas ahí y les puse la melodía también. Nada, nomás tarareadas, porque no tenía otra cosa más en que pensar. Ahora si compongo una melodía tengo que grabarla forzosamente, porque si no se me olvida; traigo muchas cosas en qué pensar. En ese tiempo el trabajo lo hacía automáticamente, en el montacargas; yo andaba tarareando una canción y mi trabajo lo hacía sin verlo. Yo venía a mi trabajo un día, andaba en el turno de la tarde y venía pensando: bueno ¿por qué no recopilar; entre todos los corridos que hay hechos, hacer uno solo? Fui concibiendo la idea, entonces ahí vengo pensando, madurándolo; llego a la fábrica, agarro mi montacarga, me pongo a trabajar, y sinceramente para la hora de ir a cenar ya traía hecho el corrido Pistoleros famosos. Y mi ayudante me lo oyó cantar y me dice:

—Oye, qué bonito corrido, yo no lo he oído.

—No, ni yo tampoco, lo ando componiendo.

—¿Lo andas componiendo tú? N’hombre, no te lo quiero creer, está muy bonito.

Había veces que, por decir, acostado ya, componía algo y no se me olvidaba. Esos primeros que componía hasta otro día, los escribía y ya sabía cómo estaba porque se me quedaba todo grabado; no tenía otra cosa más en que distraerme, lo acumulaba muy bien en la cabeza y no tenía mayor problema. Ahorita, si compongo algo tengo que grabarlo, si no a los cinco minutos se me olvida. No por falta de memoria, sino que tengo otras cosas que me distraen. El segundo corrido lo compuse porque vi un viejo con una pata de palo en la calle. Imaginé una leyenda sobre ese viejo regresando a este pueblo, Jesús ´El Pata de Palo. ¡Cuídense todos aquellos que a la cárcel lo mandaron! Así fue como empece a componer ese corrido, imaginé una leyenda en torno de aquel hombre que vi por la calle con una pata de palo. Ya había leído algo de un policía de aquí, de Monterrey, que fue a aprehender a otro a Matamoros, algo así. De ahí surgio ese corrido Luis Aguirre. Y Las tres tumbas es un corrido que me imaginé también, después pasaron más o menos algunos detalles que había leído, que han sucedido aquí en la región, y lo compuse, medio en broma al principio, porque dice: “Mario le dice a Julián:/dale un trago a José Luis”. Somos los tres hermanos, nosotros ¿verdad?

Le hablo a Luis, le digo: “Oye, tráete la guitarra y vamos a grabar unas cosas que compuse”. Ahí empezamos a ensayar; del primero que nos aprendíamos bien la melodía, lo grabamos, y así sucesivamente, hasta que grabamos los cinco, a dos voces, con guitarras. Una experiencia maravillosa al oirlos grabados, nunca había oído grabar mi voz. Le traigo a Juan los corridos grabados, los escucha aquél y me dice: “Oye, pues estos corridos están más bonitos que los que se oyen en las estaciones de radio, creo que no vas a tener mayor problema para que te los grabe alguien”.

Yo no tenía relación con los grupos de música norteña en esa época, pero había tenido una poca de amistad con los hermanos Prado, que habían vivido en mi barrio. Entonces me fui a verlos, tenían su oficina por la avenida Colón, en Monterrey, y salió Lupe Prado, que ya murió. Le digo: “Oye hermano, pues aquí te traigo estas cosas que hice, a ver si me las pueden grabar ustedes”.

Y dice, ¿a ver? Pues deja oír; puse el casete y las oyó, y dice:

—No sirven hombre, no están bien; no creo que funcionen. Pero, en fin, déjame el casete a ver quién se puede interesar en ellos, nosotros definitivamente no, luego luego se siente cuando las cosas están bien hechas y ésta no sirve.

—Ni modo, ahí te dejo el casete, a ver si alguien se puede interesar en eso.

Y vine a la fábrica y le digo a Juan:

—Fíjate, qué chinga, pasó esto hombre.

Dice:

—No, lo que pasa es que tú le llevaste el material a otro más pendejo que tú. El señor está loco, no sabe ni lo que tiene entre las manos. Graba otra vez las mismas canciones y muéstraselas a otros intérpretes.

Y así fue, empecé a repartir casetes como programas y nadie se interesaba; pasaron ocho meses y le dije a Luis, mi hermano:

—Yo creo que esto no sirve en realidad. Ocho meses batallando, ya repartí como quince casetes grabados y nadie los quiere grabar.

Luis conoce y dice:

—No. Están bien. Los corridos están buenos, no sé por qué no te los querrían grabar, pero yo los veo bien.

Entonces mi compadre José Falcón, el que me había metido a la fábrica, me dice:

—Oye, ¿por qué no ves a Carlos y José?

—A Carlos y José no los conozco, compadre.

—Pues yo sí, son paisanos de nosotros, nacieron en el rancho.

—Pues llévame con ellos.

—Pues vamos el domingo en la mañana, de madrugada, vamos y los buscamos; yo sé dónde vive José.

Y así fue, el domingo en la mañana nos levantamos temprano y nos fuimos. Entonces salió mi comadre y dice:

—Dígame, señor.

—Fíjese que venimos buscando a José, mi tocayo José.

—Pues acaba de llegar, está borracho.

—No le hace, háblele usted y dígale que le llama José Falcón, de allá de la hacienda del Porvenir.

Ya fue, y se levantó:

—Quihubo tocayo, ¿pues qué andan haciendo?

—Pues no nos agradezcas la visita. Aquí mi compadre se ha puesto a componer corridos y quiere que los oigas tú a ver si le graban ahí algo.

Entonces llega Narciso Pérez Leyva, un compositor ya de renombre que Carlos y José le habían grabado algunas canciones. Y se sienta ahí, yo un poco apenado porque tenía enfrente un compositor de verdad. Pero ya para esto José nos había invitado unas copas y estábamos medios enchilados con el tequila, no sé qué era. Aunque era muy temprano, pero le empezamos a meter, y luego dice mi compadre: “Bueno, pónle el chisme ése aquí a José para que oiga los corridos, hombre”. Le puse los corridos y los oyó José y los oyó Narciso, y dice José:

—Oye, pues están muy bonitos ¿por qué no los graban ustedes?

—Pues ¿dónde, hermano? Nosotros no, nosotros trabajamos en otra onda, le dije.

—Nada más que nos gusta esta cosa y mi anhelo es que ustedes me lo graben. Lo que persigo es nada más ver mi nombre en la etiqueta de un disco, es todo lo que anhelo.

—Pues mira, la cabeza del grupo es Carlos y no está aquí, pero te aseguro que te grabamos por lo menos uno. Todos están muy bonitos.

Entonces, ahí, Narciso Pérez Leyva hizo un comentario, dijo: “Oye, a todos los compositores no se nos había ocurrido esa idea de los pistoleros famosos, es muy buena, muy comercial, ésa va a funcionar mucho”.

Me hice amigo de José y posteriormente de Carlos. Los empecé a visitar y un día me los encuentro ensayando para grabar. Estaban ensayando dos canciones y veo que no estaban ensayando ninguno de mis corridos, pero es que el dueño de la marca —los discos dlb— les había encomendado que ensayaran esas dos canciones.

Entonces dice José:

—No me acomodo con esta canción, por qué no le grabamos una a Julián.

—Oye pues tienes razón, vamos a ensayar una, ¿cuál te gusta a ti? —Le dijo Carlos.

—A mí me gusta una que se llama Luis Aguirre.

—Bueno, pues vamos, luego luego.

Ahí se las apunté en dos hojas, para darles una a cada uno, para que no batallaran. Sí las traía en la cabeza, hombre. Yo mismo les empiezo a decir la melodía, sin necesidad de poner el casete ni nada de eso; lo ensayaron y les quedó muy bonito. Y mi compadre Carlos empezó a insistir en que nosotros grabáramos, tanto insistieron que me lo metieron en la cabeza, y dije: “Pues por qué no ¿verdad?, podríamos grabar Luis y yo.”

Una de las cosas que recuerdo es que el señor Basilio Villarreal, el de la marca dlv, no nos quiso dar la oportunidad de grabar. Nos dijo: “No, muchachos, ustedes como cantantes no la hacen”. Entonces fuimos a la casa de Carlos, y mi compadre Carlos nos dijo:

—Bueno muchachos, pues ya tienen la oportunidad de grabar, ahora ustedes busquen un acordeonista que se apegue a su estilo porque no puedo acompañarlos en la grabación. Mi música es muy conocida, no les conviene que yo grabe, que yo les eche la música, busquen alguien.

Como en el otro lado Armando Hinojosa nos había dicho:

—Muchachos, vengan a grabar cuando puedan, puede ser un domingo, el día que ustedes quieran, nada más háblenme por teléfono y se vienen. Luis y yo empezamos a buscar alguien que nos acompañara en la grabación y no lo hallábamos. Entonces, José Rodríguez, del dueto de Carlos y José, nos invita a una fiestecita que tuvo en su casa, fuimos y ahí estaban Los Forasteros del Norte, un grupo de la región que la componían Chano Reyes y Lupe Tijerina. Cuando llegamos estaban cantando el corrido de Los dos amigos. Luis y yo escuchamos atentamente, porque nos agradó mucho el acordeón desde el primer momento. Le dije a Luis:

—Ese es el muchacho que necesitamos.

—Pues dile.

—Bueno, ahorita que salga del baño, por ahí lo voy a abordar, le voy exponer el caso. Y así fue. Estuve esperando que saliera al patio y me voy tras él, y le digo:

—Oiga primo, tenemos la oportunidad de grabar en Mc Allen, pero nos hace falta un acordeonista que no cobre, y además que tenga pasaporte, tarjeta local para ir a la frontera, al Valle de Texas.

Entonces, me dice Lupe Tijerina:

—Ya no busques, yo soy ése que ustedes andan buscando.

—Bueno, pues que a toda madre.

—¿Cuándo quieren ir?

—El domingo.

—Bueno, el domingo yo amanezco en Reynosa. Esta es mi dirección. Ahí los espero en mi casa temprano y, luego, pues ya pasamos.

—Perfecto.

Resultó que después nos identificamos y el primo Lupe Tijerina sí es en realidad primo de nosotros, lejano, es verdad, pero de la misma gente que nosotros. El siguiente problema era buscar alguien que nos llevara, porque es un poco problemático ir en autobús. Tenemos otro primo hermano, que se llama Eustolio Arredondo, que también tiene inquietudes. Le gusta componer, cantar y todo eso. El trabajaba en la fábrica de acero y tenía un carrito Volkswagen, y le dijimos:

—Oye primo, pos fíjate que…

—Yo los llevo, vamos, yo los llevo.

Nos fuimos de madrugada, y como debíamos estar en el estudio de grabación a las diez de la mañana, en McAllen, llegamos a Reynosa como a las ocho de la mañana, a la casa del primo Lupe Tijerina. Ahí estaba él y nos fuimos al puente.

Yo ya había tramitado mi pasaporte, el que no llevaba su pasaporte era Luis; llevaba su credencial de policía, como lo habíamos hecho la vez anterior, cuando fuimos a hacer la prueba; en ese tiempo la ley, la migración, te daba oportunidad. Nada más mostrabas cualquier credencial que te identificara como hombre honesto, te dejaban pasar. No había problema. Llegamos al puente, y le dice el norteamericano a Luis:

—A ver, sus papeles.

—Pues no, no traigo. Soy gente honrada, soy policía.

—No, eso no le sirve a usted. Usted necesita un pasaporte, una visa de turista.

—Entonces sí intervengo yo, y le digo:

—Pero si nada más vamos a pasar una hora, hombre.

—Ni un minuto, señor, va para atrás.

Y señaló la frontera y nos regresó. No había forma. Entonces, Lupe Tijerina dice:

—Oye, yo tengo un tío allá en Las Flores, Tamaulipas, que es de la migración mexicana. A lo mejor él de una forma u otra nos puede ayudar a que pasemos.

—Vamos, no se pierde nada.

Las Flores, Tamaulipas, está como a unos cuarenta kilómetros más allá de Reynosa, rumbo a Matamoros. Llegamos a la casa de su tío y no estaba, andaba para California. Ni modo. El primo Lupe Tijerina dice: “No perdemos nada con intentar pasar por aquí. A lo mejor aquí sí nos dejan”. Y cruzamos el puente. Lupe Tijerina y yo, que éramos los que llevábamos papeles en regla, íbamos atrás. El de migración dice:

—Ustedes dos de atrás: ¡bájense!

Nos bajamos aquél y yo, y mi primo Lupe enseñó su pasaporte y yo el mío. En ese tiempo, aun con visa, se necesitaba solicitar un permiso, te preguntaban: “¿A qué va?”, “voy a comprar algo”. Y te daban permiso por horas, cuatro, cinco horas. Le dice a Lupe Tijerina: “Usted está bien”. Y me dice el policía: “Usted necesita pasar allá para que le den un permiso”. Y me encamino a donde está el comandante de ellos. Entonces Luis dice:

—Oiga señor… —Se devuelve el policía que me hablaba—…fíjese que, pues, yo no tengo pasaporte.

—¿No? pues bájese.

—Sí, pero tengo credencial de policía.

Yo decía: “Trágame tierra”. Ya para irnos prácticamente, no tenían problema.

—Pues tiene que haber un permiso con más razón, usted ni pasaporte trae, véngase.

Y seguimos al policía. Eustolio, el que llevaba el carro, mi primo hermano, dijo:

—Oiga, espérese señor, hombre pues yo no traigo ni credencial de policía, yo lo que traigo es una credencial de ahí donde trabajo, en la Fundidora de Fierro y Acero.

—N’hombre, ustedes van bien chuecos, bájense todos.

Y nos pasa allá adentro. Sería por la sinceridad que nos dieron un permiso a los cuatro. ¡Nos lo dieron sin papeles ni pasaporte! Llegamos a McAllen y eran ya las seis de la tarde, siendo que desde las diez de la mañana debíamos estar ahí.

Yo todavía trabajaba en la Union Carbide, y Luis era camionero. Llegamos a la casa de Armando Hinojosa, el ingeniero que nos iba a hacer la grabación. Y salió, vivía frente a los estudios:

—Oye ¿qué pasó?, los estoy esperando desde las diez de la mañana. Pensé que ya no iban a venir.

—No, pues tuvimos problemas con el carro, se nos quedó en el camino.

—Bueno, ahora ustedes me van a tener que esperar a mí, estoy viendo el futbol americano, y ése yo no me lo pierdo por nada.

—Pues aquí lo esperamos.

Okey, vayan ahí, enfrente de los estudios hay un restaurante, coman algo ahí.

Y es cierto, no habíamos comido nada. Nos echamos unas hamburguesas. Llegó la hora de entrar, el señor Hinojosa abrió el estudio y entramos. Llevamos unas cervezas Lite’s, unas blancas, a toda madre, de las que salían por la televisión y el radio. Y dijo Hinojosa:

—Si van a querer más cerveza, cómprenla de una vez, porque vamos a estar muchas horas aquí adentro.

—No, pues un veinticuatro, tráete un veinticuatro.

El estudio era común y corriente, como todos los estudios de grabación. Nada más que estábamos grabando las dos voces por un solo micrófono. Era un estudio un poco rudimentario. No como los de ahora, que cada instrumento tiene su micrófono y todos esos avances que hay. Me acuerdo que grabábamos una canción y dijo Hinojosa:

—¿De quién es ésta?

—Pues de Julián Garza.

—¿Y tú qué tocas?

—No, yo no toco nada.

Luis estaba tocando el bajo sexto y mi primo el acordeón. Ahí mismo estábamos improvisando todo. Las introducciones, todo eso.

—Esa otra canción ¿de quién es?

—No, pues también de Julián Garza.

—Oye, con razón tú no tocas nada, hombre. Parece ser que todo tu tiempo lo ocupas en componer canciones.

—No, nada más algunas.

Terminamos a la una de la mañana y ahí terminamos doce canciones. El último corrido fue Pistoleros famosos. A raíz de que yo hice el corrido —que tuvo mucho éxito, pero más con Carlos y José— nuestra grabación ni se oyó. Cuando hicimos la grabación salió un sencillo (nada más) y un elepé, fue el primero que grabamos. De cada disco nada más se saca un sencillo y un casete. Estos güeyes parecen bandidos ¡todo eso, cómo lo explotan! Tú grabas doce canciones y la compañía, la firma, se encarga de sacar casetes y discos de la misma grabación. La compañía en la que grabamos se llamaba Falcón. El dueño era el señor Arnoldo Ramírez. Hinojosa era el director artístico, el que hacía grabaciones a los grupos. Parece ser que este señor, Armando Hinojosa, también era el que les hizo la primera grabación a Carlos y José. Cuando fuimos a hacer la prueba, Arnoldo Ramírez, el dueño, la escuchó y fue en realidad quien dijo: “Vénganse a grabar cuando ustedes puedan, pónganse de acuerdo con Armando.”

Cuando sale el elepé yo me voy a McAllen, y sale primeramente un sencillo. Me voy con el señor Villaga, que era el gerente de la compañía, me pasa a su estudio y me dice:

—Oye Julián, te tengo una sorpresa.

—¿Y es agradable o no?

—Muy agradable. Siéntate para que no te caigas.

El sabía que nosotros nunca habíamos grabado, ni nos habíamos escuchado. Me senté y sacó un disco sencillo y pone el corrido El bayo cara blanca, un corrido que yo le había escrito a José Rodríguez, de Carlos y José. Se oía bien bonito, fue la mejor grabación del disco. Me vuelvo a Monterrey, loco con mi disco. Me dio algunos quince o veinte discos el señor Villaga. Yo venía como que traía un tesoro en las manos. Mi anhelo era ver mi nombre en un disco. Ahora, oír mi voz en un disco, pues era algo que no podía imaginar. Llegué a Monterrey, a Apodaca donde vivíamos, y le hablé a Luis. Le puse el disco y le di unos cuantos.

Dijo papá, que Dios lo tenga en paz:

—No muchachos, pónganse a jalar, hombre, ustedes en esa onda no la van a hacer, no es la de ustedes, no les doy crédito como cantantes.

—Oye papá, pues si se oye a toda madre esto, ¿no? ¡Oilo!

—No, no, no, ustedes van mal. Pónganse a jalar, a trabajar duro.

Y dice Luis: “Pues por mi parte yo era todo lo que quería: oírme en un disco.”

Le dije:

—Espérate, no tomes las cosas así, hombre, a la mejor esta cosa puede funcionar. ¿Por qué no?

—Pues no, cómo quiera que sea yo ya estoy feliz, ya con uno.

—Te conformas con muy poco, hay muchas cosas que hay que hacer todavía.

En ese momento yo empecé a echar a volar la imaginación, dije: “de aquí pueden salir muchas cosas”. Como han salido. Claro que si esto fuera todo, pues ni modo ¿verdad? Pero también vi hacia adelante: “Hasta el cine, que es mi anhelo, puedo llegar con esto.” El corrido del Bayo cara blanca” fue un éxito, la gente empezó a buscar discos en todas las discotecas. No los había, lógicamente, pues el disco era americano: la compañía Falcón no entraba para acá. Rogelio García Rangel, un locutor de la tr, me dijo:

—La gente está echada encima por el disco.

— Pues que vayan a McAllen.

Y mucha gente empezó a traer los discos de allá, antes que yo. Me acuerdo que un tipo ofreció un día a la tr mil pesos por el disco, que era una fortuna en esa época. Los discos valían dos o tres pesos, él daba mil. Total, el corrido se empezó a escuchar mucho en las emisoras locales. Nos manda hablar un día Basilio Villarreal, de la marca dlv, que ya una vez había dicho: “No, muchachos, ustedes como cantantes no la hacen.”

Ya llegamos Luis y yo con el viejo:

—Díganos señor Villarreal, ¿para qué somos buenos?

—Fíjense, muchachos, me equivoqué con ustedes, discúlpenme. Me equivoqué, lo reconozco.

—Bueno, ¿qué quiere?

—Que me graben un elepé.

—Está bueno, se lo grabamos.

Nos rentaron la cantina de la esquina, que se llamaba Monos Bar. Ahí hicimos nuestro grupo. Ya andábamos dedicados totalmente a la música, intentando figurar. Cuando vi que ganaba lanita acá, en la cantina, alternaba las dos cosas: mi trabajo y la música. Teníamos esa cantina con el fin de reunirnos ahí. Le puse teléfono a la cantina, servía para agarrar los trabajos, nuestros contratos, ir a actuar. Ahí se reunía mucha gente. Por cierto que había veces que nos acabábamos nosotros mismos la cerveza, y teníamos que ir a cantar para surtir y poder venderla.

A raíz de que me salí de la fábrica, Carlos y yo pusimos una cantina en Apodaca, que se llamaba El Treinta y Tres Bar. No sé por qué se llamaba así. Ahí conocí a muchos grupos, a Los Alegres de Terán, porque Carlos los empezó a traer para que amenizaran los jueves. Una etapa bonita ésa. Un día, andaba yo trapeando en la mañana el local —yo lo trapeaba y lo barría, la hacía de cantinero— y llega un viejito muy pintoresco y dice:

—Oye, muchacho, dame una cerveza y échale a la rocola un corrido que anda por ahí y mienta, todos los bandidos pinches de la frontera, hombre, uno que…

—Sí, ya sé cuál es.

Empezó a salir Pistoleros famosos, entonces, yo me vengo a la barra con él y me dice:

—Oye, qué pelado ése, el que compuso eso, hombre, para hilvanar a tanto cabrón y acomodarlos ahí en los versos. Está cabrón ese hijo de su pinche madre.

—Sí, está cabrón. Si le digo a ese pinche viejo que yo hice el corrido no me lo cree, mejor no le dije nada. Y así quedó.

Luis Aguirre fue de los primeros corridos que hice. Leí algo, ya hace muchos años, de un policía de Monterrey que fue a Matamoros a traer un reo y de ahí surgió la idea de hacer un corrido. El corrido de Pistoleros famosos lo hicieron popular Carlos y José. Ellos lo grabaron antes que nosotros. Me acuerdo que una vez, en una pachanga —afortunadamente estuve ahí para verlo— lo cantaron diez veces. A la gente le gustan las canciones a través del radio, ya después se las pide a los grupos. Es muy difícil que le guste así, de pronto. Hay otra señal que no falla nunca: cuando un niño empieza a cantar una canción o a tararearla es que es una canción popular, que se está oyendo mucho.

 

Cuando se hizo popular Pistoleros famosos resultaron cinco autores, entre ellos una mujer. Uno de ellos hacía presentaciones en Reynosa, Tamaulipas. Me documenté muy bien del de Reynosa y un día que estuve allá indagué dónde podría localizar a ese tipo, no con fines de pelear, ni nada. Nada más para decirle: “Óyeme, no la chingues, pues ¿cómo es posible? Me dijeron que iba al salón Monterrey, que era así y asá, se llamaba fulano de tal. Y me fui al salón Monterrey. Todo el día estuve ahí. No llegó, o tal vez sí. Me vio y no entró, o no sé.

Juan Villarreal me grabó Las tres tumbas dos veces, a la primera grabación le puso su nombre como autor, y la segunda vez, en otra marca, puso de autor a Juan Diego. Un día que lo vi, le dije:

—Oye Juanito, ¡no la chingues, hombre!, la próxima vez que grabes Las tres tumbas, por favor no le vayas a poner como autor Virgen de Guadalupe ¿cómo me voy a poner a pelear con esa señora?

Me dijo Juanito:

—Es un error de las discotecas.

—Pónle como quieras, mi corrido ya lo tengo registrado. Las editoras como quiera cobran. Luego, yo también puedo decir que María Bonita es mía, pero todos sabemos que es de Agustín Lara ¿verdad?

José también tuvo problemas con un tipo que le alegaba que él era el autor de Pistoleros famosos. “N’hombre, estás loco ¡quítate!, yo sé quién lo hizo”. Casi todos lo grabaron: Gavilanes, Ramón Ayala, muchos más. Indiscutiblemente que la versión de Carlos y José es la que se apega más a mi letra. Aunque ellos se equivocaron, o lo hicieron deliberadamente. Desde un principio dice el corrido: “A todos los más valientes/ a traición los van matando”. Así lo hice yo. Y Carlos y José dicen: “A traición los han matado”. Los Cadetes tienen un error en el corrido de Ezequiel Rodríguez, dicen: “Le tiraron a Ezequiel”. Y es: “Liquidaron a Ezequiel/ en los años del cuarenta”. Los Cadetes de Linares cometen muchos errores en la dicción. Sucede siempre que, de un intérprete a otro, hay cambios, ya sea que no lo escuchan bien o no se lo aprenden bien.

 

El bayo cara blanca lo hice un poco para agradecerles a Carlos y José, que nos dieron la mano para empezar. Resulta que José me dice:

—Oye, hazme un corrido para mi caballo.

—Hombre, ni conozco tu caballo.

—Pues mira, es un caballo así y asá, y mamá y todos ahí lo queremos mucho.

Entonces escribo ese corrido Bayo cara blanca y menciono a José. Dicen que el corrido es de Carlos y José, pero todos los amigos sabemos que yo se lo hice. Se da el caso que en China, Nuevo León, un amigo nuestro que le decíamos Blanco —ya murió, Dios lo tenga en paz— trajo del otro lado el disco, y lo tenía en la rocola de su cantina (¿sinfonola? no sé cómo será correcto: rocola, sinfonola o radiola). Había un tipo que se iba a emborrachar ahí y nomás ese corrido estaba oyendo, hasta que lo rayó y Blanco fue a McAllen y trajo otro, y lo volvió a rayar. Rayó tres discos y un día Blanco le dijo:

—Oye, ¿por qué te gusta tanto ese corrido?

—No sé, pero me gusta mucho.

—¿Y no te gustaría conocer el caballo? ¿El meollo del asunto, de la historia?

—¿Dónde está el caballo?

—Pues está allá, en el ejido La Conquista, en la casa de José.

—Bueno, vamos a ver ese caballo.

Se fueron al ejido a conocer el caballo. Platicaba Blanco que llegaron ahí, a la casa de José, y ahí andaba el caballo en el corral; pero él lo buscaba.

—¿Dónde está el caballo?

—Ese es.

—¿Ese es el pinche caballo del corrido? Yo me imaginaba un cuaco, pero hermoso, un alazán.

—No, pues es alazán.

—Por eso, hombre, pero ése es un pinche ajolote. ¿Cómo es posible que ese sea el pinche caballo del corrido?

—Ese es, hombre.

No volvió a echarle ni un cinco a la pinche rocola, el bofo; jamás que él lo volviera a oír, no. Yo hice el corrido con lo que me platicó José. Y en realidad era moyote el pinche caballo charchino.

 

Asesino a sueldo es un corrido basado en la trayectoria de un personaje de aquí, de la frontera, llamado Generoso Garza Cano. Este hombre se dice que mataba por dinero. Entonces, yo deduzco que cuando estuvo con el general Anacleto Guerrero, de aquí de Nuevo León, lo tuvo mucho tiempo de guardaespaldas. En el corrido no doy nombres, pero doy la idea de que este hombre era un asesino a sueldo. De ahí la idea de hacer el corrido a Generoso Garza Cano. Lo mataron en Las Flores, Tamaulipas, bailando en la zona de tolerancia, debía diecisiete muertes.

Lo mataron a traición, lógicamente, porque derecho no lo hubieran matado. Era un muchacho, un chamaco, el que lo mató, porque Generoso le había matado a su padre. En el corrido me salgo un poco de la idea en sí, cambié la situación, tal vez por no meterme en honduras. Yo simpatizo con la gente que se juega la vida, que se la rifa. Aunque yo sé que andan al margen de la ley ¿verdad? Pero no sé, es que soy parte del pueblo y simpatizo con los bandidos. Y así ha sido siempre, y creo que así seguirá siendo el pueblo.

El corrido aquél de Dos cruces, lo hice inspirado en un duelo a caballo por las rancherías por el lado de Linares, Nuevo León. Hace unos ocho años salió en el periódico, me gustó mucho la idea de hacer el corrido basado en esa situación de dos tipos que se encontraron a caballo en el Camino Real y se mataron a balazos.

Otra vez estábamos Luis y yo en una cantina nuestra, cuando nos iniciábamos como cantantes. Un día, dos ancianitos estaban ahí platicando y me interesé mucho en su plática. Dos viejos muy simpáticos, típicamente norteños. Estaban platicando de dos familias que se exterminaron unos con otros acá por el municipio de China, Nuevo León. No me acuerdo, no sé qué familias fueron. Y decían los viejitos:

—No, se acabaron unos con otros.

—¿Entonces nomás las mujeres quedan?

—Sí, nomás las puras viejas quedaron.

De ahí nació el corrido Nomás las mujeres quedan y la película Tierra de rencores. Así es como han surgido las ideas de algunos corridos, de pláticas, me entero de alguna situación, me gusta y le hago el corrido. Como el de La fuga de Sinaloa, totalmente apegada a los hechos.

El otro día vino un tipo de aquí de Marín, y me dice:

—Oye, quiero que le hagas un corrido a mi padre.

—Sí hombre, cómo no. ¿Qué historia tiene?

—No, pues aquí está: era talabartero, tenía un caballo y cosas de ésas.

—Oye, pero no hay dónde agarrarme para hacer un corrido, no hay argumento.

—Oye, ¿te sirven de argumento unos dos mil dólares?

—Sí, ¡es muy buen argumento!

—Bueno, aquí están mil.

Entonces, como quiera acomodé el corrido, y se llama El talabartero. Me dio mil dólares y el día que ya lo compuse y lo montamos se lo grabé en un casetito y lo llamé. Me dio otros mil dólares. En realidad no tenía nada, nada más que yo le agregué cosas ahí. Le gustó, quedó encantadísimo. Lo que no le gustó fue que él quería que saliera el disco sencillo. Cada grabación profesional tiene un sencillo. Y me habló de Chicago, que qué pasaba con el sencillo. “Oye, yo te prometí que te lo íbamos a grabar, más no te dije que iba a salir en sencillo. No, si quieres promocionar tienes que comprar todo el casete o todo el disco”. Sencillo salen dos canciones nada más, y desgraciadamente El talabartero no lo escogieron para el sencillo.

De los míos, en la actualidad Asesino a sueldo es uni de los que más pide la gente. Acabo de componer uno que se llama El trailero feliz. Ese corrido, no porque yo lo haya hecho, pero va a ser un madrazo. Tiene detalles cómicos. Lo hice en partes. Cada vez que pasamos el Espinazo del Diablo, o sea la sierra de Durango —yo le tengo mucho miedo a esa sierra— para salir de la tensión de ir ahí en la montaña empecé como jugando a decir:

Yo subo y bajo la sierra,

esa sierra de Durango,

las curvas yo me como

bailando un huapango:

el Espinazo del Diablo

a mí me viene muy guango.

Es el estribillo del corrido que grabamos, y yo sé que le va a gustar a la gente, porque se ríe con ese detalle del “El Espinazo del Diablo/a mí me viene muy guango”. Está muy bonito el corrido. Cada composición que tengo tiene su historia. Una situación como el huracán Gilberto es ave de paso. No me llama la atención hacer un corrido así, porque en estos casos siempre salen quince o veinte corridos de la misma situación.

Yo hago un verso y lo escribo o me lo memorizo, y después hago un corrido completo. Buscando papeles, ahí en la casa, una vez salieron como tres o cuatro que escribí hace mucho tiempo. Uno de ellos se llama La historia del contrabando. Es grande y no tiene fin, es un corrido que hice hace años, no le puse música y ahí está la letra, nada más falta ponerle música. He hecho muchos que dejo empezados, los escribo y no termino. Mi mujer los ha guardado. Algunas cosas, de repente, me las encuentro y digo: “Está bien, voy a terminarla”. Así han sido muchos corridos que escribo. Nunca surge la música primero. Pueden surgir las dos cosas al mismo tiempo, la letra y la música. Si ahorita compongo un corrido y le compongo música a la vez, se me olvida si no lo grabo. Se olvida por tanto detalle que traigo en la cabeza. Cuando hice Pistoleros famosos, no tenía más en qué pensar ahí donde trabajaba, y los versos que componía los iba componiendo y se me quedaban. Algunas veces se da el caso que los corrijo a la hora de grabarlos, ya sea que no pronunciamos bien o sentimos que otra palabra se da más fuerte a la hora de registrarlo en la grabación.

La venganza de María, tal y como la hice, así es de principio a fin. Ese corrido lo hice en media hora. Lo escribí con la guitarra en la mano, primero los versos y luego agarré la guitarra y quedó. Para hacer un corrido hay algo que he oído o leído. Primero encuentro la idea, se me clava en la cabeza y traigo esa idea: “Puedo hacer algo aquí, puedo realizar un corrido o una canción”. A veces la idea se me va, no hallo nada; pero hay veces que me propongo: “Voy a hacer esto” y lo hago.

He hecho muchas cosas que se han quedado comenzadas. Muchas veces traigo la idea, la ando madurando, ando haciendo otras cosas y ando pensando; mi problema es empezar. Ya empezando no paro hasta que termino. Si estoy escribiendo, no falta que me hablen o haya un detalle, que me tenga que ir, y ya no la hice; pero si he tenido el tiempo de terminar eso lo hubiera hecho. Por eso han quedado esas cosas comenzadas. No hubo el tiempo. Yo debo estar totalmente en silencio. Si escucho música ya me desvié la atención, ya no la hago. Por ejemplo, si un radio está sonando ahí cerca, si oigo pláticas o cosas, ya no hago nada. Por eso es mi ilusión venir a vivir aquí en esta quinta, afuera de Monterrey, aquí yo voy a hacer lo que se me antoje, pues es muy tranquila.

Creo que es más práctico escribir primero la letra y luego la música, te quitas el problema de estar tarareando y te dedicas nada más a componer los versos. Escribir versos es muy fácil, cualquiera los puede hacer, el problema es la música; tratar de que sea original, que no se parezca a otra. Versos, a lo mejor muchos pueden tener talento para hacerlos, hacerlos con todo y música es el problema.  Yo me dedico a dar el primer paso, que es la letra, y a tratar de encajarle una melodía que le quede. Empiezo a rascarle a la guitarra y a tararear lo que le pueda quedar ahí a la primera estrofa, la primera letra del verso. Acomodo la melodía a los dos primeros versos y luego busco pasar a tercera para el estribillo, para que no sea lisa. Hay corridos que no tienen estribillo, Pistoleros famosos es uno de ellos. En realidad se dice que son los verdaderos corridos, los que no tienen esribillo. Y así como se canta un verso, se cantan todos. Para evitar la monotonía, el sonsonete de los versos, ya con el estribillo, pasando a tercera, hay cierto cambio.

Muchas veces se ha dado el caso de que tengo que hacer arreglos para cuadrar bien las palabras. Debe haber habido muchos que les cambié una palabra a la rima, para no acentuar. Hay veces que, de acuerdo a la melodía, tienes que decir una palabra mal. Aunque, de acuerdo a la ley de autor, los compositores son los únicos que pueden acentuar y desacentuar una palabra. No hay problema, por decir, papa sin acento o papá. A veces para que se entienda mejor se le cambia una palabra. A El trailero feliz le hice un arreglo porque tenía los versos sin repetición, pero me gustó terminar el verso repitiendo. El primer verso dice:

A mí no me hablen de trailers

porque en un trailer nací;

las lecciones de mi padre,

de niño las aprendí.

A mí no me hablen de trailers

porque en un trailer nací.

Así termina el verso, lo cambié. No me acuerdo cómo decían los finales; pero con esa repetición suena más a corrido, repitiendo primero lo que dices al final. Es muy difícil hacer algo que no tenga cierto parecido con otra cosa ya realizada. En algo se puede parecer a otra composición, en cualquier nota, en la música; pero no importa, no importa que se llegue a parecer en alguna nota, o dos, a otro corrido. Mientras no sea exactamente igual. Parece ser que, de acuerdo a la ley de autor, te puedes robar no sé cuantas notas. Yo siempre he tratado de que sean cien por ciento originales las melodías. Un verso puede ser de cuatro líneas o de seis, yo estoy acostumbrado a hacerlos de seis líneas. Los más antiguos, los más populares, son de cuatro líneas. Yo hago de seis casi todos mis versos porque puedo explicar más, decir más cosas. Hay cosas muy trilladas. Por ejemplo, dar fechas: “Año de mil novecientos”. Yo pienso que hay que ir directamente al grano y las fechas, muchas veces, salen sobrando. Tú di lo que quieras decir, sin mencionar fechas. Al menos así pienso. Respetando lo que se ha hecho. Autores de los primeros corridos siempre iniciaban con las fechas y luego que “vuela, vuela palomita”, o “ya con ésta me despido”, “si tú no me quieres yo sí te quiero”. Sí se les cambia el orden de los versos, pues no hay orden. Muchos los cambian inocentemente; los intérpretes, porque no los han escuchado bien, no se los han aprendido, entonces aplican cualquier verso en cualquier lugar.

Los corridos siempre son de violencia, casi siempre hablan de tragedia y las canciones hablan de otro tema. Incluso yo he compuesto muy pocas. La mayor parte son corridos. No me gustan mucho las canciones, me gustan más los corridos. La melodía de un corrido no es igual a la de una canción. Los corridos son más comerciales que las canciones. Los corridos nunca pasan de moda y las canciones sí. Hay éxitos de intérpretes como El chubasco de Carlos y José. Ese ya pasó de moda, ése ya nadie lo quiere oír, se choteó. En cambio Las tres tumbas que ellos también interpretan, cada rato la piden, la siguen cantando siempre. No sé, los corridos no se chotean, no pasan de moda nunca. Y no falta algún lugar que alguien te pida: “Oye, échate Rosita Alvirez”. Lo primero que le dice uno: “No, no la sé”. Y en realidad no la sabemos, pero no pasan de moda. No me acuerdo que me hayan pedido el Corrido de Alonso; pero sí te los pide la gente, pónle que a nosotros no, pero en las cantinas donde andan taloneando, como se dice vulgarmente, los músicos, ahí cantan todos esos corridos.

Hay un corrido mucho muy popular aquí, que se canta siempre: El subteniente de Linares. En donde andan los músicos taloneando, lo cantan mucho. Y grabado no funciona, nomás no jala. Nosotros lo hemos grabado, también Los Invasores. Yo no me he dado cuenta que alguien lo pida a la radio o que alguien lo eche en una rocola para escucharlo, pero si llega un conjunto aquí, por decir, no falta quien diga: “Oye, échate El subteniente de Linares, porque les gusta oír en vivo, y en disco no. El corrido de Emilio González se prohibió ahí, en la región de China, porque fue una cobardía la que hizo el tipo ése; en el corrido lo quieren hacer héroe, y es todo lo contrario. Yo nada más lo oí con unos intérpretes que lo grabaron, Los Alegres de Terán.

 

En Zuazua, estábamos en la cantina de mi compadre Beto El Cabezón, departiendo, echándonos unas cervezas mi compadre Carlos, Lucio Palacios y yo. Lucio Palacios es el que toca el beis con Carlos y José. Entonces un viejón, ya medio entrado en copas, me dice:

—Oye, ¿tú eres el que compone los corridos?

—Pues ahí he hecho algunos.

—Yo quiero que le compongas un corrido a mi hermano.

—Está bueno, viendo. A ver, platíqueme algo, documénteme y a lo mejor; si me gusta la idea, pues se lo puedo hacer.

—No, pos fíjate, a mi hermano lo mató una víbora, hombre. Y soltamos todos la carcajada.

—Oh, no se burlen.

—No nos burlamos, señor, pero es que nos causa risa, los corridos siempre son a base de que se matan dos tipos, a disparos, sacan las armas; pero aquí seguramente la víbora no traía pistola y como quiera mató a su hermano.

Me llegaron noticias de Houston, resulta que dos paisanos nuestros, uno de Tamaulipas y el otro de Nuevo León, se medio mataron por una discusión en tomo del corrido Las tres tumbas. El de Nuevo León afirmaba que el rancho del Pitayo estaba en este estado y el de Tamaulipas aseguraba que no, que estaba allá en su tierra. Y de dicha discusión llegaron a los golpes y al hospital. Pues les diré que el rancho del Pitayo, creo que no existe, porque yo lo puse en mi corrido para rimar el verso. Será la ignorancia, la envidia o no analizar las cosas lo que hace muchas veces que nos conduzcamos en forma equivocada. Yo siempre trato de componer algo que perdure, que le pueda agradar a la mayoría de la gente. Hay veces que lo hago sin pensar en nada, lo traigo aquí y después pienso: “Oye, pues este verso lo puedo aplicar aquí y puede ser algo que le guste a la gente”. Por ejemplo, está el estribillo del Espinazo del Diablo. Esa composición la empecé así como está, verso por verso y así salió. Me acuerdo que le hice un arreglo a uno de los versos, después, no me acuerdo a cuál, pero salió casi como yo lo hice en un principio.

Cuando estuvimos allá en Monclova, donde quiera nos pedían Asesino a sueldo. Todos esos corridos: Luis Aguirre, Las tres tumbas donde quiera que te paras te los piden. Es la misma en todas partes: el mismo público. Es la gente que viene del campo. uando estábamos en una en San Pedro, Nuevo León, unos señores que estaban ahí decían que la música extranjera estaba haciendo mucha mella en el público mexicano. Y yo les dije: “No, la música extranjera siempre se ha introducido en México, pero en las grandes ciudades, en el campo sigue siendo la misma de siempre”. Y es cierto, las baladas no van a entrar nunca al rancho. A la gente del campo, ésas no se las van a meter nunca. Esa gente sigue escuchando lo mismo, las canciones rancheras y los corridos. En la ciudad, por ejemplo, los obreros que se reúnen en las presentaciones nuestras, es gente que trabaja aquí en Monterrey; pero tienen su origen o raíz en el campo. A la gente que está aquí en Monterrey, de otra clase social, también le gusta la música norteña, pero tratan de disimularlo. Como la música es popular, como que le hacen el feo; pero no deja de gustarles. Les gusta, cómo no. Algunas veces me ha tocado que al ver esa clase de gente he pensado: “No, aquí no la vamos a hacer”. Y todo lo contrario, ya empezando a tocar todo mundo empieza a bailar huapango, redova y chotís.

 

Los Castigadores de Nuevo León trabajan en Houston, por allá radican. Son paisanos nuestros; Cande es de Matamoros y Abraham de General Terán. Una ocasión, estando en San Antonio, Abraham Díaz me dice:

—Oye Julián, ¡Qué chinga nos anda dando El chubasco!

—¿Por qué, en qué te afecta El chubasco?

—No, pues, por donde quiera lo ando oyendo, ya me tiene hasta el gorro.

—Por eso, pero comprende que en tanto algún grupo o dos o tres anden levantando la música nuestra, la que con tanto orgullo interpretamos, la música norteña, eso nos hace bien a todos. Porque imagínate que alguien vaya a contratar a Carlos y José y éstos, precisamente, por ese éxito del Chubasco, tengan mucho trabajo y no puedan ir con ese alguien; ese alguien viene a buscarte a ti, porque tú interpretas el mismo género de música, entonces tú vas a cantarle a ese alguien El chubasco.

 

Yo pienso que la gente sí cambia de personalidad un poco al escuchar los corridos, máxime que ya anden entrados en copas. Se hacen agresivos, se acuerdan de rencillas, de pleitos anteriores que han tenido entre ellos mismos. Y al calor de las copas se hacen de palabras, se disparan y se matan. Una vez en Vaquerías hubo rencillas, por la forma en que se mataron dos. Al que quedó vivo se lo acabaron a puras puñaladas. Gritaba como marrano el tipo donde le entraban el cuchillo y las navajas. Eran dolientes de uno de los muertos quienes acabaron de matar al que quedaba vivo. Hay veces que sí hay ley, va la judicial o la rural; pero hay ejidos distantes donde no hay policía, metidos entre la sierra o lejos del pueblo y ahí es cuando surgen los desmadres.

Otra ocasión, no sé por qué motivo, un amogo mío, Rodrigo, fue a festejar su cumpleaños en un rancho, en las inmediaciones de Aguascalientes. Todo se desarrolló normalmente, como siempre, mucha bebida, mucha comida, regalos para el agasajado. El comandante Aguilera, de la Policía Judicial, llegó a hacerle un regalo muy especial: un cuerno de chivo con ramificaciones de oro y plata, con diamantes incrustados en las cachas. Era un rifle único en el mundo, parece ser que un chino lo decoró de esa manera. Al tenerlo en mis manos me asombré de la artesanía y me propuse hacerle un corrido a ese rifle. De regreso, en el mismo autobús, me puse a rimar los versos y en la casa le puse la música. Terrible cuerno de chivo lleva por nombre este corrido, del cual también he hecho un argumento para cine.

Por aquellos días yo había preparado el argumento de Tierra de rencores, una película que filmamos y que, con muchos esfuerzos, echando mano de todos nuestros ahorros y el apoyo de un hombre de gran corazón, nos lanzamos a la aventura de producirla. Cuando yo escribo un guión y quiero dárselo a determinado actor, escribo cosas que le pueden quedar a ese actor, en este caso Chelelo. Desde un principio yo sabía que era Chelelo el personaje del manco, y enfocado a que lo diga él, esa es la onda. Escribí:

Eramos yo, mi compadre “Chachacón”, “El Tuerto” Eligio, Pancho “la Baraja”, El “Aguila Real”, y “El Manco” Fernando. Llevábamos un contrabando de hojas de barreta, por cierto muy peligroso. Yo llevaba un penco alazán lucero que nomás a mear lo paraba: las riendas eran un pensamiento. Llegamos al Río Grande y todos corrieron, menos yo.

 

La idea de hacer ese corrido y ese argumento, El vengador del 30-06, se me vino cuando íbamos Carlos y José, Luis y yo rumbo a Mc Allen a comprar algo de equipo de sonido en un ltd de Raúl Elizondo. Al llegar a un lugar que le decimos aquí Peña Blanca estaba un retén de la Policía Judicial Federal. Al ver tanto tipo arriba del auto yo creo que pensaron mal. Nos orillaron luego luego: “¡Háganse para acá y bájense!”. Los policías prevenidos con armas largas. Nos bajamos y empezaron a basculear el carro, debajo de los asientos, cajuelas, máquina, todo. Y luego ya nos dicen:

—Identifíquense.

—Cómo no, aquí están los pasaportes.

—¿A qué se dedican?

—Somos músicos, señor. Todos nos dedicamos a la música.

—¿Y éste señor del carro?

—Es nuestro representante.

—¿A qué van o qué?

—Vamos a comprar un equipo de sonido.

Como a los quince o veinte minutos, a cada quien le empiezan a regresar sus pasaportes, menos a mí. Se paseaban y comentaban entre ellos. Miraban la fotografía del pasaporte y me veían. Me volvían a ver. Entonces, yo eché a volar la imaginación. Dije: “Estos cabrones me están confundiendo con alguien”. Y es de todos sabido que estos cabrones te golpean. Incluso, dicen que te ponen una madre de ésas en los testículos y la chingada. Me asustaron. Dije: “Estos cabrones me van a golpear, me van a amarrar por ahí y me van a dar una chinga”. Me volvían a ver. Ya de mucho rato se convencen y me dan el pasaporte: “Que les vaya bien”.

Entonces, a mí se me ocurrió hacer un corrido de ese detalle, como si en realidad me hubieran golpeado. En el corrido original del Vengador del 30-06, yo soy un hombre honesto que no tengo armas. Una noche me meto en una armería y me quedo encerrado a la hora que cierran, escondido en la trastienda. Me robo el mejor rifle que hay ahí y empiezo a venadear federales a una distancia de trescientos metros. Para esto yo practico mucho el tiro con lente y me adiestro. Llego a ser un consumado tirador. Me les meto en pachangas, en lugares así, y alcanzo a matar a diez. Carlos y José la grabaron, habla de federales y no hay problema. Para poder llevarlo al cine tenía que quitar la letra original del corrido; no lo iban a autorizar porque hablo de que ando matando federales. El argumento lo hice basado en que una banda de narcotraficantes confunden a un tipo que se llama Poncho Ruvalcaba. Esa es la historia de cómo se me ocurrió hacer el corrido y posteriormente el argumento. A esta película vino Rosa Gloria Chagoyán. Tamez fue el productor de El vengador del 30-06.

Como la filmación era aquí en Monterrey, cuando estaba muy lejos, el trabajo de la cantada nos lo echábamos el fin de semana. Durante la filmación fuimos a cantar cerca de El Mante, Tamaulipas. Está un poco lejos, pero trabajos aquí cerquita nos los echábamos a todo dar, sin molestar para nada la filmación. Saqué completo mi papel, sin fallar. Me doblaron la voz, yo creo que más bien lo hacía el productor por ahorrarse los aviones y el hotel en México, no porque mi voz sea mala. Pero la gente que veía las películas me desconocía.

—Oye, pues qué raro te ves.

—No, pues es la voz. No es la mía, cabrones.

El 30-06 es un calibre que mucha gente desconoce. No saben que es un calibre de arma para cazar venados. Por ejemplo, el actor Rafael Inclán decía:

—Oye, este cabrón hasta el teléfono dejó: El vengador del 30-06.

—N’hombre, no es teléfono, es un calibre.

 

 

 

4 comments

  1. jorge hernandez · · Reply

    who do you think luis y julian refer to in their song “soy mas cabron que mi padre” when they sing about someone bad mouthing their father.

    “También supe que hubo unos marranos, con bajo y con acordeón
    Hablan muy mal de mi padre, en su maldita canción
    Ya les partiré su madre, en la primera ocasión”

    1. La verdad no se. El padre era un muy humilde trabajador del campo.

  2. panzer · · Reply

    tengo una enorme coleccion de corridos y conozco la historia del personaje a quien se refieren si alguien le interesa estoy a sus ordenes

    1. Hola,

      a mi me interesa.

      Saludos,

      jcrp

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